¿CON QUIÉN VIAJAS?

De pequeña, por supuesto, viajaba en familia. Ya de adulta he seguido viajando con mis padres y actualmente con mi marido.
Todo esto conforma una manera de habituarte a hacer las cosas. Hay muchas opciones para viajar: barato, caro, en hotel, apartamento, camping…
Cuando viajábamos en familia comenzamos combinando camping en trayecto y hotel en ciudad. Era una forma de abaratar el viaje cuando no había tanto dónde elegir.
Ahora no voy de camping pero tengo suficiente con una habitación con baño que esté limpia. Y, en cuestión de equipaje, ya me pronuncié en otra entrada del blog.
Todo ello me define como viajera y me hace compatible o incompatible con otras personas a la hora de viajar. Es complicado encajar incluso con personas con las que nos llevamos bien. Es curioso que puedas tener mucha afinidad con alguien para quedar, salir a cenar, de marcha, contarte la vida, etc, y sin embargo, saber a ciencia cierta que no saldría bien compartir un viaje.
Soy consciente de lo afortunada que soy al encajar al 100% en este punto con mi marido. Es importantísimo para nosotros porque es la actividad que más nos gusta. Es más, si nos lo pudiéramos permitir a nivel económico, nuestra vida sería itinerante recorriendo el mundo.
Tampoco nos consideramos de lo más extremo, por ejemplo, a la hora de dormir en cualquier sitio, ni realizar actividades de riesgo. Seguramente somos muy normalitos. Pero sí hemos ido evolucionando con la práctica y cada vez viajamos con ropa y calzado más cómodos, calculando lo justo, nada elegante. Claro que esto nos lo ha ido dando la experiencia, siendo conscientes de que en destino hay cosas superfluas que no vas a utilizar.
Somos rápidos para ponernos en marcha por la mañana. Si estamos en un lugar cálido, el pelo lo seco al aire, no me maquillo, ni llevo un surtido de cremas. Reduzco el neceser a lo imprescindible.
Y resulta que todo ello me hace tan feliz, transportando una maleta más ligera y dedicando el día a disfrutar donde estemos.
Tampoco significa que nos castiguemos en vacaciones. Odio madrugar y lo evito siempre que puedo, aunque tampoco pierdo la mañana en la cama.
Nos gusta combinar las vistas culturales con disfrutar el ambiente y mezclarnos con la gente. No nos hace falta ver todos los monumentos y museos. Saber cómo se vive o qué se come en un lugar, tiene para nosotros más importancia que visitar un museo más. Evidentemente los importantes los vemos, pero ello no nos impide saborear el sitio donde estamos.
No sé si los que estáis leyendo esto os sentís identificados o, por el contrario, sois de los que recorréis el mundo con mochila, durmiendo en cualquier sitio o, el extremo opuesto, de los de maleta enorme con un modelito para cada día; de los que veis monumentos o de los que hacéis naturaleza. En la diversidad está el gusto.
La suerte es encontrar con quien hacerlo para disfrutar al máximo. En la vida todo es cuestión de ritmos y nosotros hemos encontrado ese nexo.
Cuándo me acelero viendo cosas, mi marido tiene la habilidad de hacerme ver que no estoy disfrutando. Es mejor parar que agotarse.
¡Disfrutad a vuestro ritmo cada viaje!

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