Mallorca

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La mayor de las islas Baleares y donde se encuentra su capital, Palma, en la que viven medio millón de habitantes. Debo decir que me sorprendió, no sabía que estaba tan poblada, de hecho la mitad de la población de Mallorca vive allí. Fue en los años 50 cuando se inició una campaña europea para atraer a los recién casados a Mallorca, a partir de ahí su fuerte atractivo turístico no ha dejado de crecer.

En este segundo año de covid, nos decidimos por este destino porque Gabriel no había estado y, aunque yo lo había visitado en dos ocasiones, hacía mucho tiempo de ambas y me apetecía volver. Además tengo allí una amiga que hacía años que no veía. Maravilloso reencuentro Quica.

Reservamos todo por nuestra cuenta y menos mal que tuvimos la suerte de poder ir vacunados con las dos dosis porque nos pidieron los justificantes en el aeropuerto.

Al preparar el viaje tuvimos la duda de qué lugar elegir para alojarnos. No nos gusta estar cambiando y preferimos instalarnos porque nos resulta más cómodo no estar haciendo y deshaciendo el equipaje. Nos pareció que Cala D’Or sería una zona tranquila y lo fue. La única pega que le vimos fue la carretera puesto que hay autovía hasta el centro de la isla y luego carreteras locales que se nos hacían algo pesadas al volver desde el oeste. Quizás si tuviese que elegir después de haber estado, me decantaría por la zona de Alcudia, Puerto de Sóller o Andratx si se va a recorrer la isla. Porque para hacer estancia o ir a alguna cala, la zona donde estuvimos es perfecta.

Por supuesto alquilamos coche para tener libertad de movimiento. Esta vez un Nissan Juke pensando que nos sería útil para los caminos de acceso a las calas. También reservamos para la primera mañana una visita guiada por Palma de un par de horas para situarnos y conocer la capital. Recomendamos encarecidamente hacer este tipo de tours para conocer las ciudades y su historia y luego ya vas por tu cuenta a los lugares que más te interesan. Nos encantó la ciudad y su imponente catedral gótica a los pies del Mediterráneo, que cuenta con el rosetón más grande del mundo, 13 mtrs de diámetro. Es la imagen que te viene a la mente cuando piensas en ella. Es muy agradable recorrer el centro a pie, tiene muchas calles peatonales alrededor de la Plaza Mayor con el siempre apetecible ambientillo de tiendas y terrazas. También estuvimos dentro del Ayuntamiento. A destacar los patios mallorquines, menudo sitio para estar en un lugar tranquilo y fresquito lleno de plantas. Los hay verdaderamente bonitos.

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Como nos alojábamos en aparthotel, aprovechamos para comprar la típica y riquísima ensaimada para los desayunos. Ñam.

Comimos con nuestros amigos y por la tarde nos llevaron a Cala Blava a darnos un baño. Es una suerte vivir tan cerca del mar y poder escaparte cualquier rato a darte un chapuzón. Menos mal que llevábamos escarpines porque estos mallorquines tienen la planta del pie acostumbrada a las piedras y, los que venimos del interior, los tenemos muy suavecitos y sensibles a cualquier piedrecita.

Al día siguiente comenzamos nuestra conquista de la isla y decidimos hacerlo por el este para no volver a cruzarla. Queríamos ver las cuevas en la zona de Portocristo y no pensamos en mirar si habría que reservar. Pues parece que sí, las del Drach no pudimos verlas porque estaban al completo. A cambio visitamos las Cuevas del Hams. Llegar y besar el santo, guay. El precio: 22€ por persona y la pena que por la covid no se hace el paseo en barca por el interior. Se recorren 850 metros en una hora aproximadamente. Al salir dimos una vuelta por Portocristo y nos fuimos a comer y probar las especialidades mallorquinas. Degustamos un delicioso tumbet y pez raya, muy sabroso. Nos tomamos la tarde de relax yendo a la playa Sa Font de Sa Cala.

Tercer día y también nos quedamos en el este pero esta vez nos dirigimos al norte al Cabo de Formentor. Hay excursiones en barco de medio día pero, en nuestro afán de ir por libre y no estar atados tantas horas, fuimos en autobús. El recorrido que utilizamos del bus nº 334 parte desde el Puerto de Pollença y tiene las siguientes paradas: Puerto de Pollença  – Campo de fútbol – Mirador del Colomer – playa de Formentor  – Cala Murta / Cala Figuera – Faro de Formentor y vuelve por el mismo camino. Funciona del 15 de junio al 15 de septiembre y la frecuencia es cada media hora. El sistema de pago es curioso: tarjeta o efectivo pero, como quieren evitar tocar dinero, incentivan el pago con tarjeta con una tarifa más barata. Al subir pasas la tarjeta por un datafono que no te cobra nada en ese momento; lo hace en el datafono de bajada y puedes subir y bajar en cada parada, eso sí en cada una te cobra lo que toque. Nosotros dejamos el coche en Pollença, fuimos a una panadería a comprar unas empanadas y tomamos el autobús. Hicimos una parada en el Faro para admirar las impresionantes vistas y tomamos el siguiente bus media hora después. Nos bajamos en la playa de Formentor, pasamos un rato estupendo allí y aprovechamos para comer. Gabriel la recuerda como la mejor playa, la que más le gustó de las que vimos.

Ya sabéis que nos encanta ir a los sitios el día de mercadillo porque tienen más ambiente. Nuestros amigos nos recomendaron el de Santanyí, nos lo definieron como hippie-chic. Allí encuentras de todo: ropa del tipo que apetece llevar en la isla en vacaciones, complementos, accesorios, embutidos mallorquines, fruta, un poco de todo. Y claro, picamos, aprovechamos para comprar sobrasada, higos, un colgante con una piedra natural, un pendrive de música chill-out, vamos, la casa por la ventana. Ocupa unas cuantas calles del centro. A Gabriel le pareció como Ikea en mercadillo; a mí me encantó perderme entre sus puestos.

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De allí nos fuimos a comer un arroz rico rico en el Restaurante Antonio en la Colonia de San Jordi y a relajarnos en Playa Estanys, la que más me gustó a mí. Alquilamos una sombrilla y un par de hamacas. Esto es vida. Allí vimos por primera vez un indicador de rayos UV para advertir de las horas más fuertes de sol.

Al día siguiente y tras un café rápido, nos cruzamos de nuevo la isla y fuimos a desayunar a Valldemossa, en plena sierra de Tramuntana, en una típica terraza interior sus famosas cocas de patata. También probamos la ensaimada de crema quemada, espectacular. Muy rico también el granizado de almendra. Mereció la pena no salir desayunados del aparthotel y hacerlo allí. Recorrimos sus calles empedradas, nos encantó respirar ese ambiente cultural entre pequeñas galerías de arte puesto que Valldemossa atrae a pintores que encuentran allí su inspiración. También se instaló aquí el gran músico Frédéric Chopin en el que definió “el más hermoso lugar del mundo”. Ordenó traer allí su piano y compuso muchos de sus preludios.

A continuación fuimos a Sóller, dimos una vuelta por su plaza donde se encuentra la preciosa Iglesia modernista de San Bartolomé obra del discípulo de Gaudí, Joan Rubió i Bellver y después tomamos su famoso tranvía hasta el Puerto de Sóller. El traqueteo mientras contemplas el paisaje es muy agradable. Tiene un coste de 7€ por persona y trayecto.

Nosotros lo hicimos solo de ida y nos quedamos a comer allí en la terraza elevada Es Mirall disfrutando de las vistas a la bahía. También aprovechamos para degustar platos típicos mallorquines: frito de marisco, sopa mallorquina (sopa seca) y un pica pica de sepia. Se me hace la boca agua de pensarlo. Y, con el café, un licor que tampoco conocíamos: Amazonas, es fuerte pero nos gustó.

Puerto de Sóller

Para volver a Sóller tomamos un taxi hasta donde teníamos aparcado el coche para ir a Cala Deià donde habíamos quedado con nuestra amiga para darnos un chapuzón que, con estas temperaturas veraniegas y la humedad, apetecía un montón. Una cala muy popular con zona azul para aparcar. Y, una vez nos refrescamos, fuimos a dar una vuelta por Deià y hacer unas fotos a esas vistas espectaculares de la sierra de Tramuntana. Nos encantan estos pueblos con casas de piedras tan cuidadas. Junto con Valldemossa, fueron  para nosotros las dos localidades con más encanto de Mallorca.

Y no podíamos dejar de ir a Sa Foradada, una enorme roca agujereada y desde la que la puesta del sol se nos antojó increíble. Fue el broche a un día perfecto.

Sentimos que en este viaje nos faltó tiempo para ver toda la zona de la isla que está al oeste de Palma, lo guardamos en “pendientes” para otra ocasión pero prevaleció la necesidad de descanso durante las vacaciones. Sentimos no haber estado más días y poder abarcarlo todo.La última jornada la dedicamos al turismo de calas. Estuvimos haciendo snorkel en tres de ellas y las disfrutamos todas porque había muchísimos peces: Cala Montdragó, Cala S’Amarador y Cala Esmeralda. Ese día comimos en Portopetro, un pintoresco pueblecito que también recomendamos.

El día de vuelta, como nuestro vuelo salía a las 16h, nos dio tiempo de callejear de nuevo Palma con nuestra amiga por las Ramblas, el Paseo del Borne, la conocida como Plaza de las Tortugas, la Lonja de estilo gótico y terminamos comiendo un Variado que es un combinado de varios platos típicos. Puedes elegirlo tú o puedes pedir el que te sugiere el restaurante en el que estés. Nos pareció una idea excelente poder probar varias especialidades en un mismo plato.

Y hasta aquí nuestro viaje a la mayor de las islas Baleares. Como no nos cansamos de repetir: tenemos un gran país que merece la pena conocer. Y, si además tienes amigos en destino, mejor que mejor. Hasta pronto Quica.

2 comentarios

  1. Me ha parecido una excelente información para el viajero que desea ir un poco ” a su aire”, sin someterse demasiado a excursiones tipo y con ánimo de encontrar , por sí mismo, lugares interesantes que se acoplen a su forma de entender el turismo.

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