El milagro de Abu Simbel

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Antes de la revolución de internet, algunos niños teníamos la posibilidad de entretenernos con los primeros ordenadores domésticos, bien porque un amigo lo compartiera o porque fueras tú el privilegiado. En mi caso, pasaba las horas con un flamante ZX Spectrum 48K, cargando juegos y experimentando con los primeros programas. Descubrí uno sobre Egipto, llamado Abu Simbel Profanation, típico juego de plataformas en el que vas sorteando peligros a medida que vas pasando pantallas, que me enganchó. Tenía una magia especial, un halo de misterio, que me encantó. No recuerdo ya si lo terminé o fue de aquellos que aborrecías cuando llegabas a un nivel de dificultad extremo.

Abu Simbel Profanation

Nunca he sido un entendido o intelectual en temas de pirámides o de la civilización egipcia, pero me dejo seducir por cualquier documental o película sobre el tema. Decía Herodoto que “Quien no ha visto Egipto, no ha visto el mundo”, yo sinceramente pienso que hay que ver las pirámides aunque sea una vez en la vida.

Visité Egipto en octubre del 2009, antes de la revolución de la primavera árabe, cuando era un destino todavía en auge y no existía esa sensación de temeridad para visitar el país. Este viaje incluía una visita a Abu Simbel, una vez que terminas el recorrido por el río Nilo en Asuán, al sur de Egipto.

Templo de Abu Simbel

Este imponente y magnífico templo de 34 metros de altura a orillas del lago Nasser, estuvo amenazado con la desaparición por la construcción de la presa de Asúan.

Civitatis

El complejo de Abu Simbel (cuyo nombre significa montaña pura) fue erigido por Ramses II en el siglo XIII A.C., a lo largo de 20 años, para conmemorar sus victorias militares, demostrar el esplendor de su dinastía e impresionar a sus vecinos del pueblo nubio. En la fachada del templo principal se pueden ver cuatro estatuas gigantes de Ramses II que miran hacia el este. Está dedicado al culto de los grandes dioses Amón, Ra, Ptah y al propio Ramses. Junto al Gran Templo se encuentra un templo más pequeño que honra a la reina de Ramsés, Nefertari. Ambos quedaron olvidados, enterrados bajo la arena durante siglos, hasta que fue descubierto en 1813 por un viajero y geógrafo suizo, Johann Ludwig Burckhardt (famoso por su descubrimiento de Petra en Jordania).

La presa de Asuán empezó a construirse en 1959, financiada por los soviéticos, con el fin de terminar con las constantes inundaciones que ocurrían en el bajo Nilo y mejorar el abastecimiento de energía eléctrica. Ese recrecimiento del agua daría lugar al lago Nasser y a la inevitable sepultura de los templos bajo las aguas. En 1960 la Unesco orquestó una campaña  internacional de recogida de fondos, “campaña Nubia”, con el fin de salvar estos y otros templos. Esta campaña sería el germen de la lista de sitios Patrimonio de la Humanidad que componen la herencia cultural y natural de la humanidad.

Gracias a la campaña los templos de Abu Simbel pudieron desmontarse en unas 2000 piezas de entre 20 y 30 toneladas, y reconstruido a 65 metros más arriba de su emplazamiento original. El impresionante esfuerzo y precisión que supuso este desafío de la ingeniería arqueológica se alargó durante cuatro años (1964-1968). España también colaboró en el proyecto y fue gratificada con el templo de Debod, también salvado de la inundación y que está situado en Madrid.

Una de las maravillas de este templo es que tiene en cuenta la alineación con el sol. Originalmente, los días 21 de febrero y 21 de octubre al amanecer los rayos del sol atraviesan todo el templo desde la entrada hasta el fondo donde se encuentra el sancta sanctórum, iluminando tres de las cuatro estatuas que allí se encuentran, las de Ra, Amón y Ramses, quedando sólo la de Ptah en penumbra por ser considerado el dios de la oscuridad. En el traslado se tuvieron en cuenta estos cálculos para recrear el fenómeno, pasando finalmente a ser el alineamiento los días 20 de febrero y 22 de octubre.

En mi viaje hacia allí de madrugada, en autobús atravesando el desierto, tenía la sensación de ir a un lugar especial, rodeado de misterio y fascinación. A pesar de la ingente cantidad de espectadores venidos de todos los lados, que accedíamos al templo por tiempo muy limitado y que la duración del fenómeno es de tan sólo unos pocos minutos, durante el amanecer tuve la suerte de poder contemplar las tres estatuas iluminadas. Como espectador de un acontecimiento raro y exclusivo me invadió la euforia del momento. Sin duda una de las maravillas del mundo antiguo.

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