Bretaña y Normandía. Ruta de 10 días en coche. (I)

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Viajar a esta parte occidental del país galo es viajar al pasado, a su imponente naturaleza y a la calma que desprende. Algo tendrá esta porción de Francia cuando tras finalizar nuestro viaje soñábamos con retornar para descubrir otros lugares y rincones encantadores. Y es que hay tanto que visitar y por lo que dejarse atrapar que a veces es abrumador. Fascinación, es un término que se queda corto para intentar describir una puesta de sol en el Mont Saint Michel, atravesar las murallas de Saint Malo o transportarse a la Edad Media en Dinan. Creemos que la mejor forma de descubrir estas regiones es improvisando. No llevéis todo planificado, si veis por la carretera algún sitio que os llame la atención, no lo dudéis y acercaros. Por supuesto recomendamos siempre hacer una lista con los imprescindibles.

Este viaje lo realizamos en el verano de 2015 con nuestro coche desde el principio. También es posible desplazarse en avión a Nantes o a París y desde allí alquilar un vehículo. En esta primera parte os detallamos el recorrido por Bretaña, donde nuestra primera incursión fue en Vannes. En el mapa están todas las localidades que visitamos, podeis ampliarlo haciendo click arriba a la derecha.

Vannes

Es una pequeña villa medieval, sobre la costa, cuyo casco histórico está rodeado por una muralla con 6 puertas. Para aparcar lo mejor es dejar el coche junto al canal, en la Rue du Commerce. Es un pequeño canal que se utiliza como puerto náutico. Al final del canal se encuentra la puerta de San Vicente (en honor a San Vicente Ferrer, patrón de la ciudad) que da acceso al centro histórico. La mejor forma de descubrir esta ciudad es callejeando su famoso Vieille Ville (la villa de casas artesonadas), la Catedral gótico-romana de St. Pierre y el Castillo de L’Hermine, un antiguo edificio integrado en las murallas de la ciudad.

Es complicado describir un paseo nocturno en verano por esta ciudad tan coqueta y romántica. Nos alojamos aquí tres noches para conocer otras poblaciones en el entorno de Vannes.

Carnac

A unos 30 min en coche desde Vannes se encuentra el pueblo de Carnac, donde se concentra el mayor número de monumentos megalíticos del mundo con más de 2.900 menhires. Fueron levantados por poblaciones neolíticas entre los años 6.000 y 2.000 a.C. Como podéis ver en el mapa, el punto de información está en Le Ménec. Bajo un sol de justicia recorrimos las interminables hileras de piedras hasta Kermario, donde hay una crepería que hace las veces de oasis. Muy cerca puedes subir a una torre para tener una mejor perspectiva del alineamiento. Llegamos hasta el Gigante de Manio (7 metros de altura). En cualquier momento tienes la sensación de que va a aparecer Obélix cargando con un menhir, jeje. Hay un aire de magia y misterio que envuelve el lugar, ¡es mejor experimentarlo en primera persona!

Civitatis

Quiberon

La península de Quiberon es un lugar peculiar, ya que se conecta con el continente por un istmo de solo cien metros de ancho. Lamentablemente la masificación que sufre esta zona devalúa en gran medida la belleza de su entorno. Muy recomendable probar sus galettes. ¡Ni se os ocurra acercaros en fin de semana!

Concarneau

A una hora y cuarto de Vannes se encuentra un pueblecito pesquero fortificado encantador, Concarneau. No te dejes llevar por la primera impresión pues la ciudad nos da la bienvenida con un puerto viejo y sucio. Aquí se puede aparcar con más o menos suerte, pero casi siempre pagando.

En mitad del agua, cual crucero transatlántico, se encuentra su casco histórico amurallado, muy bien conservado al que se accede por un puente levadizo. En el interior una única calle central rebosante de restaurantes, pastelerías y tiendas gourmet o de recuerdos que desdibujan un poco la sensación de estar en una fortaleza que protegía la villa de ataques de corsarios. Aun así es muy agradable pasear entre las terrazas de los cafés y aparadores de latas de conserva, chocolate o dulces. Al final de la calle hay un pequeño muelle y un anfiteatro usado como espacio multicultural. ¡No dejéis de probar los Moules et frites!

Locronan

Locronan es un pueblo sacado de un cuento. Conforme vas acercándote por la carretera, rodeada de frondosos bosques y campos de cultivo, empiezas a atisbar el mar al fondo, tras los tejados. En Locronan hay que dejar el coche en un parking a la entrada, ya que está prohibido circular. La visita bien merece la pena, pues pisando ese suelo adoquinado, donde se alzan preciosas e idílicas casas de piedra, no verás elementos modernos como cables o antenas.

Es como un parque temático ambientado en el Renacimiento donde se cuida hasta el más mínimo detalle. En la Grand’ Place hay un fotogénico pozo desde donde capturar las fachadas de las casas alrededor de la plaza. Imprescindible probar los famosos dulces bretones y si es acompañado de una sidra bretona, mejor que mejor.

Quimper

Es una ciudad grande, capital del departamento de Finistère, atravesada por el canal del río Odet que es su principal atractivo. Hay postales perfectas a lo largo de la ciudad con multitud de puentes repletos de jardineras con flores, decorados con un gusto exquisito. Los puntos interesantes de la ciudad se pueden recorrer en unas dos horas, incluyendo la majestuosa catedral y el encantador casco histórico. También muy recomendable acercarse al mercado tradicional si lo encontráis abierto, es una forma de ver el ritmo de vida de los bretones y los productos y elaborados que ofrecen.

Rochefort en Terre

De camino a Dinan, nuestra segunda base de alojamiento, hicimos una parada en este pequeño pueblo florido. Otro lugar salido de un cuento, con aire bohemio y flores que engalanan cualquier fachada de piedra. Tiene bonitas tiendas y talleres de artistas.

Al salir hacia Dinan nos pilló la vuelta ciclista (Le Tour) y nos encontramos cerradas todas las carreteras hacia el Norte. Aquí el ciclismo es más que una religión y se vive con una devoción increíble. Así que tuvimos que improvisar un pic-nic en un pueblecito hasta que pasara el ‘coche escoba’ y abrieran el camino.

Dinan

Fue un importante enclave comercial hasta el s. XVIII, con multitud de oficios artesanos que llenaban sus calles. A día de hoy aún conserva ese espíritu tradicional y la apuesta por preservar su pasado es muy clara. Pasear por sus calles es transportarse en una máquina del tiempo muchos siglos atrás. La medieval y preciosa calle Jerzual conecta la zona del puerto con la superior, donde reside el pequeño casco histórico con los restos de la antigua muralla.

Las casas tradicionales bretonas con fachadas de entramados de madera salpican todas las callejuelas. Recorrerlas es un auténtico placer, pues no dejan de sorprenderte tanta excelencia en los detalles. La zona del puerto también es de visita obligada, con pequeños restaurantes y rincones encantadores. Nos alojamos aquí otras 3 noches como centro de operaciones y tuvimos la suerte de coincidir con un mercadillo callejero de quesos lo que nos hizo vivir un ambiente más intenso este viaje al pasado que pareces sentir en sus calles. Merece la pena contemplar la ciudad desde los 46 metros de la Torre de l’Horloge  (Torre del Reloj).

Saint Malo

Situado en la costa norte, muy cerquita ya de Normandía, es una ciudad corsaria, estratégicamente ubicada para el ataque y la defensa marítima. Casi puede saludar con la mano a su eterno enemigo, Inglaterra, del otro lado del Canal de la Mancha. Al aproximarnos a la ciudad nos topamos con los inevitables atascos de un domingo de julio, pues es un destino de playa en la costa bretona. Con un poco de suerte encontrareis sitio en un gran parking en la zona del puerto a 5 minutos de la muralla. Nada más pasar la puerta principal encontrareis la oficina de turismo.

La mejor forma de conocer la ciudad es recorrer el camino de ronda, unas murallas de siete metros de ancho que bordean la ciudad casi de punta a punta. A los pies de las murallas se encuentran varias calitas donde disfrutar tomando el sol. Gran parte de la ciudad fue destruida durante la segunda guerra mundial, sobre todo durante la liberación en 1944. En la reconstrucción han respetado fielmente los diseños y modelos anteriores, cosa que es de agradecer. La ciudad cambia con el sol, no es la misma a lo largo del día. Uno descubre detalles y entiende batallas según el mar decida besar la costa o adentrarse en el horizonte.

Dinard

Al otro lado de la desembocadura del rio Rance se encuentra Dinard, una ciudad turística llena de elegantes villas y edificios señoriales, no confundir con Dinan. Para llegar hasta aquí hay que atravesar la central mareomotriz de La Range, visita que os recomendamos sin duda. Fue la primera estación de este tipo construida en el mundo.

Cancale

Cancale es un pueblo costero famoso por sus ostras, aunque nosotros lo que probamos fueron los bulots (caracoles de mar), huuum buenísimos. Hay un parking gratuito en la zona del puerto, a la entrada de la ciudad. En días claros desde la zona del puerto se puede divisar la siuleta del Mont Saint Michel, impresiona verlo además con la marea baja. En el muelle principal hay muchos puestos de ostras y se ven los campos ostreros de Cancale. Es tradición comprarlas en estos puestos y comerlas en el puerto, con vistas a los campos de ostras y a la bahía del Mont Saint Michel.

En un próximo artículo os descubriremos el Mont Saint Michel y nuestra ruta por Normandía. ¡No os lo perdais!

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